El Foro de la Franja y la Ruta de China se inauguró hoy en Pekín y se prolongará hasta el sábado 27 de abril. Ha habido tensiones en torno a la Iniciativa de la Franja y la Ruta, y algunos estudios revelan que esta iniciativa está llena de altos riesgos para los países en desarrollo.
La Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI, por sus siglas en inglés), también conocida como Un Cinturón, Una Ruta (OBOR) o Cinturón Económico de la Ruta de la Seda y Ruta de la Seda Marítima del siglo XXI, es una estrategia de desarrollo adoptada por el gobierno chino que implica el desarrollo de infraestructura e inversiones en 152 países y organizaciones internacionales de Europa, Asia, Oriente Medio, América Latina y África. La iniciativa aborda una «brecha de infraestructura» y, por tanto, tiene el potencial de acelerar el crecimiento económico en la zona de Asia-Pacífico y en Europa Central y Oriental. Bajo el paraguas de la Franja y la Ruta, Pekín busca promover un mundo más conectado, unido por una red de infraestructura física y digital financiada por China.
Aunque la Iniciativa de la Franja y la Ruta apunta a mejorar la infraestructura y el acceso, ha sido objeto de muchas críticas y de la pregunta de si realmente es el paso adecuado para los países que se suman. Los países que consideren asumir inversión china —préstamos y obligaciones financieras de China que forman parte de su BRI— deberían preocuparse por riesgos específicos, que van desde la sostenibilidad financiera hasta la erosión de la soberanía nacional. Según algunos, las necesidades de infraestructura en Asia y más allá son significativas, pero la Franja y la Ruta es más que una iniciativa económica: es una herramienta central para avanzar las ambiciones geopolíticas de China. Algunos de los desafíos presentados por el CNAS son la erosión de la soberanía nacional, la falta de transparencia ante el público, las cargas financieras insostenibles, el desapego de las necesidades locales, los riesgos geopolíticos y un potencial significativo de corrupción.
Algunos de los países con la mayor deuda con China incluyen: Angola, 25 000 millones de dólares estadounidenses; Pakistán, 16 300 millones; Etiopía, 13 500 millones; Laos, 11 000 millones; y Kenia, 7900 millones. Algunos países corren el peligro de caer en la trampa de la deuda o de la muerte de China. El año pasado, con más de 1000 millones de dólares de deuda con China, Sri Lanka entregó un puerto a empresas propiedad del gobierno chino. Ahora Yibuti está a punto de ceder el control de otro puerto clave a una empresa vinculada a Pekín. Los ocho países afectados por la deuda de la Franja y la Ruta son Yibuti, Tayikistán, Kirguistán, Laos, Maldivas, Mongolia, Pakistán y Montenegro. Hubo informes creíbles de conversaciones entre el gobierno de Zambia y China sobre la entrega de la empresa eléctrica nacional del país, ZESCO, a los chinos debido a la incapacidad de Zambia de cumplir sus promesas de pago de los préstamos. Esto no sorprende, ya que China ya controla la empresa de radiodifusión del país, ZNBC. También hay temores de que el aeropuerto principal de Lusaka pueda ser el próximo objetivo. Lo peor de las deudas contraídas con China es que las tendrá que soportar la próxima generación: la juventud. Por ejemplo, China posee más del 70 % de la deuda bilateral de Kenia, que superó la marca de 50 000 millones de dólares estadounidenses. Cada ciudadano keniano ya tiene una deuda personal estimada de 1000 dólares estadounidenses con China.
Los críticos argumentan que «China es inteligente y deliberada en su política en África. Entiende el déficit de desarrollo en el continente y lo está usando de forma estratégica para mantener el futuro económico de África bajo su control. África tiene lo que China necesita para impulsar aún más su economía, en concreto petróleo crudo y cobre. La mejor manera de asegurar un suministro abundante de estos recursos en el futuro sería hacer que los países depositarios le deban, y eso es precisamente lo que ha logrado con excelencia hasta ahora». Aunque puede haber buenas noticias para los países con deudas con China, ya que el presidente Xi anunció que iba a cambiar algunas de las reglas de los préstamos para hacerlos más sensibles a los países endeudados. ¿Pero basta con eso? Algunos investigadores argumentan que «China debería trabajar para incorporar a otros países a sus programas de inversión a fin de repartir la deuda de forma más equitativa, y adoptar normas más estrictas y más transparencia sobre cuán sostenible es realmente su apoyo a las economías en desarrollo».




