Recuerdo que hace un tiempo, el mes pasado, hacia la época anterior a que la campaña #EndSars empezara a ser tendencia, leía historias de otros jóvenes en las redes sociales, principalmente de chicos que habían sido acosados ilegalmente y habían tenido que soportar un trato inhumano de funcionarios de SARS solo porque vestían bien, tenían iPhones o llevaban rastas en la cabeza. Era triste; leía sus publicaciones y sentía lástima por ellos.
Así que un día, mientras mis hermanos y yo conversábamos, les pregunté cómo, con todas las historias sobre SARS todos los días, ninguno de ellos se había quejado de haber sido acosado. Me dijeron que yo tenía suerte de ser mujer, que no entendería el acoso que los chicos enfrentan de la policía todos los días allá afuera. Entonces les aconsejé que tuvieran cuidado, sin saber el destino que nos esperaba, en particular a mi hermano menor.
Para entonces, mi hermano menor, que es diseñador de moda en Emperor’s clothing, se había teñido todo el cabello de color dorado; es bastante elegante y también talentoso. Tiene un don para crear prendas con estilo. Esperábamos que el color de su cabello no atrajera problemas con la policía, sin saber que resultaría en un encuentro con ellos.
Apenas una semana después, mientras iba camino al mercado de Yaba, como de costumbre, a conseguir materiales para los pedidos de sus clientes, unos policías lo detuvieron en la parada de autobús, revisaron su bolsa, encontraron cinta métrica, algunas piezas del logotipo de su marca que iba a colocar en los pedidos de los clientes y otras cosas que se encontrarían en la bolsa de un diseñador de moda. Evidentemente necesitaban la excusa más tonta para incriminarlo, así que le pidieron el teléfono, lo revisaron, inventaron una historia y se lo llevaron a la comisaría incluso después de que él intentara convencerlos de que solo era un diseñador de moda y no un «yahoo boy» (estafador por internet). Mi hermano estaba alterado y lleno de miedo; es apenas un adolescente.
Fue detenido y no pudo cumplir ese día con la entrega del pedido de su cliente. Tuvimos que pagarle la fianza a pesar de presentar el recibo que demostraba que había comprado su teléfono, y el monto de la fianza fue bastante alto.
Después de cobrar el dinero, el suboficial de policía más tarde le dio a mi hermano algunas telas para que se las confeccionara, con la seguridad de que ningún otro policía lo acosaría de nuevo en el vecindario mientras él siguiera en esa comisaría.
Fue una experiencia muy atemorizante y humillante para mi hermano y para mi familia, tanto que estábamos demasiado conmocionados para salir a contar nuestra historia.
La nuestra puede haber llegado y pasado, pero creo que muchas otras familias podrían ser víctimas si no se hace nada para abordar la brutalidad policial y el acoso injusto a las personas.
Gracias, Kectil, por darme esta oportunidad de compartir nuestra historia.
¡Me sumo a la campaña #ReNIGERIA de Kectil!
*Este es el trabajo original de un colega de Kectil. Como lo prefirieron, queremos mantener su identidad en el anonimato.




