En mi opinión, las elecciones kenianas no fueron ni válidas ni creíbles. Incluso habiendo recibido la etiqueta de «libres y justas» de diversos observadores electorales, hubo demasiados factores agravantes que nos harían pensar lo contrario: el hecho de que el responsable de TIC de la IEBC fue torturado y asesinado apenas días antes de la elección; el hecho de que el recuento de votos tardó 4 días (frente a las meras 8 horas de Francia); el hecho de que los consultores informáticos y políticos de la oposición fueron deportados un día antes de que se celebrara la elección; y, a 25 dólares per cápita, esta fue la elección más cara del mundo, que desde luego no entregó la transparencia y la rendición de cuentas que debería haber garantizado. La reciente decisión de la Corte Suprema respalda este juicio, y resulta casi risible pensar que observadores independientes llamarían a esto «libre y justo».
«Dicen que el poder corrompe, pero el poder absoluto corrompe absolutamente». A la luz del reciente ciclo electoral keniano, muchos nos sentimos abatidos, enfadados y frustrados ante la aparente incapacidad de los líderes —tanto del gobierno actual como de los partidos de oposición— de dejar de lado su soberbia política, sus tácticas despóticas y su egoísmo cortoplacista, y hacer aquello para lo que están mandatados: servir al pueblo.
Podría pasar el tiempo lamentando los resultados de la elección reciente, con los 25 dólares per cápita gastados en todo el proceso (convirtiéndolo en el proceso electoral más caro del mundo), la tortura y el asesinato, las desapariciones, la censura mediática y la desconfianza generalizada; pero ya sabemos bien que los hechos anteriores y posteriores al 8 de agosto de 2017 no fueron ni libres ni justos. La reciente decisión de la Corte Suprema de Kenia de anular las elecciones fue un reflejo de ello, y podemos extraer alguna esperanza de que hay quienes, en el poder, no se harán a un lado mientras los demagogos intentan salirse con la suya.
La verdad es que todo ello son síntomas de una podredumbre mucho más profunda en la política keniana, y en África en general. Lo que realmente deberíamos preguntarnos es qué tipo de cultura política permitió que estos hechos ocurrieran en primer lugar.
Hay una desconfianza profunda en la política keniana: confianza entre políticos, confianza entre partidos de oposición, confianza entre el pueblo y el gobierno, y confianza en el sistema electoral en su conjunto. La historia desempeña un papel aquí: la gente aún sufre el recuerdo de la violencia electoral de 2007 (en la que murieron hasta 1400 personas), y ceder el poder es algo con lo que los políticos parecen luchar.




