¡Hola a todos! Muchas gracias. Gracias. Quiero agradecer también a nuestro gobernador de Nairobi, Mike Sonko, por todo el gran trabajo que está haciendo, al ser gobernador del condado de la ciudad de Nairobi, donde albergar al menos las 43 tribus de Kenia no es una tarea fácil.
Y es tan hermoso ver en ustedes todos esos rostros jóvenes, felices y positivos.
En breve, permítanme compartir con ustedes un momento significativo de mi vida. No hace tanto, tuve el privilegio de ser uno de los 21 jóvenes brillantes y talentosos (de otros países distintos del mundo), de entre casi 300 jóvenes de la clase Kectil de 2017, seleccionados para asistir a una conferencia de liderazgo en Atlanta, Georgia, EE. UU. A diferencia de casa, en Kenia, allá en el extranjero nadie nos identificaba sobre la base de la identidad tribal o la etnia.
Durante la conferencia de una semana, también intercambiamos mucho con otros jóvenes de otros países: Sudáfrica, Pakistán, Guyana, Malaui, Botsuana, Nigeria, Brasil, Colombia, Ghana y EE. UU. Al concluir la conferencia, por tanto, coincidimos en que cada una de nuestras naciones respectivas tiene obstáculos distintos, que van de lo económico a lo político y lo social, con problemas como la pobreza, el desempleo y la corrupción como denominador común. Sin embargo, al hablarles hoy aquí, compatriotas kenianos, como todos sabemos, si dejamos de lado la política tribal que casi siempre ha sumido a nuestra patria en un desorden total cada cinco años de elecciones, evidentemente por ciertos grupos de interés egoísta, como joven, como su hijo, como su hermano y como su compañero patriota, siempre me impresiona no nuestra diversidad de orígenes étnicos y tribales, sino la cercanía de nuestras metas, nuestros deseos, nuestras preocupaciones y, en última instancia, nuestra esperanza de un país y una nación mejores y siempre unidos, un solo pueblo. ¡No tenemos otro país que Kenia!
Sin embargo, el liderazgo de esta gran nación es tan deficiente que es hora de hablar de ello y de poner sobre la mesa propuestas serias. Incluso entre nosotros aquí, todos tenemos el sentimiento nacional de miedo y frustración que, con mayor probabilidad, en el futuro resultará en un suicidio y un desastre nacionales si se barre bajo la alfombra. Si no se delibera, nuestros hijos e incluso nuestros nietos no lidiarán con los efectos de estas divisiones negativas, sino con su secuela, que será una crisis más allá de ellos. Espero que nadie entre nosotros desee de verdad ver a Kenia revolcándose en el desastre político como en Sudán del Sur, Somalia o incluso el Congo. En verdad, nunca sabemos el valor de algo hasta que nos lo quitan; en este caso, la estabilidad política y económica.




